El arte que mata
Mi ligera percepción se resiste a considerar como arte algunas de las obras que se incluyen en un denominado “arte contemporáneo”, escasamente originales, que quieren decir mucho, trabajar menos y olvidar la idea de la belleza o la sensación estética. Un arte que nos llama la atención solamente cuando un esforzado crítico o el propio artista nos sueltan una parrafada, un arte que para ser catalogado como tal depende menos de lo visual o plástico y más de la elocuencia y habilidad retórica de sus defensores, amen de nuestra benevolencia y predisposición.
El joven holandés Ivo Hendriks, algunos de cuyos collages con escenas de sexo explícito han sido incluidos en la exposición que el Ayuntamiento de Ibiza exhibe por estos días en una antigua iglesia, se expresa así: “Creo que el mundo sería mucho más tolerante (más que en navidades o similares) si todos pudieran intercambiar su lugar una vez al año. Incluso si eso significa que el mismo Papa tiene que intercambiarse con un actor porno. O un hombre católico cambiarse por una chica musulmana. En mis collages esto ya ocurre; me resultó liberador y también me sirvió para reírme de todas esas cosas que siempre me han parecido deprimentes. Espero que la gente entienda que no estoy diciendo que esto es lo que deberían pensar, porque yo respeto otras opiniones. La razón personal para hacerlo fue conseguir llegar al día siguiente.”
Con lo cual, obviamente, se gana nuestro deseo de que llegue a tantos días siguientes como le sea posible: es un buen muchacho y la idea en sí es noble, incluso loable: vivir la vida de otro para poder tolerarle. Aunque particularmente me parecería más virtuoso si simplemente respetase al otro en tanto Otro, un posible alter ego, pero sin suplantar su lugar, practicar quizá la compasión en lugar de la pérdida o la relativización de la identidad propia. Pero este es un atisbo de razonamientos que nos llevaría por otros derroteros; lo que importa ahora es que Ivo Hendriks se cambiaría por uno de esos católicos a quien su obra ofende.
No. No creo que lo haya intentado. Aunque al menos trata de explicarse: “Quizás lo que debía haber hecho era explicar a la gente que no se tomaran tan en serio su propia vida y sus convicciones, porque esto puede causar muchos problemas.” Si un artista se ve obligado a asumir una pose de revelación ante su obra: malo, aunque sea una práctica más o menos habitual entre algunos, visto lo visto. Si encima no se toma en serio su propia vida, ¿cómo ha de hacerlo con la de otros? En fin, supongo que Ivo Hendrik, como cualquier artista contemporáneo, está elaborando su discurso, esto es, el decursar de sus propios motivos englobados en cierta estética personal; y en tal tramo es fácil contradecirse a sí mismo cuando uno pretende expresar o justificar las consecuencias últimas de su obra.
Es muy útil para todos que el arte sea rompedor, novedoso, polémico, incluso abiertamente provocativo; que esté frente a las jerarquías, costumbres, poderes, o razones establecidas. Pero hay grados en todos estos epítetos así como hay más o menos consciencia o ingenuidad en quienes los manejan; y me temo que algunos simplemente repiten un estado de cosas lamentables y generalizadas, y otros, no pocos, pretenden invertir el proceso: que se tome la provocación por arte. Desgraciadamente, en los tiempos actuales el buen arte es tan sufrido e ignorado como siempre, pero cualquiera de estas obras ruidosas y soeces (verdaderos performances de nuestra mediocridad) se “venden” como rosquillas.
Hay un muy buen arte que es francamente anticlerical o anticristiano, pero tengo la impresión que en ocasiones se busca machaconamente atacar los valores o las creencias de los católicos para entrar a determinadas galerías o integrarse a grupos con muy buena prensa y mejores subvenciones. La Consejala de Cultura ibicenca (socialista) se desatiende del asunto amparándose en “la libertad de expresión”, mientras que el Obispo recuerda que la iglesia del Hospitalet ha sido cedida por la Diócesis “para realizar allí las actividades establecidas en los estatutos rectores de dicho acuerdo entre los que no se contempla la ofensa a los sentimientos de los católicos y la injuria a las personas”.

theo van gogh, asesinado
Este asunto con la exposición Vamos a Ibiza (que ya me gustaría ver, pues participan Jan Kremer, Cees Nooteboom, Marie Antoniette Courtensm, Cas Oorthuys, Micha Klein, entre otros artistas holandeses) es el más reciente de una serie de desencuentros entre los comisarios artísticos y el poder eclesial (que desde siempre ha venido pendulando entre el mecenazgo y la censura), y podría haberse evitado. No es un problema con la libertad de expresión sino con la irresponsabilidad, la ignorancia o la indiferencia de algunos, que no eligieron el lugar adecuado para una exposición en cuyos collages se sodomiza a Juan Pablo II o se le coloca a una imagen de Jesucristo un pene erecto a la altura de la boca.
“Cuando me explicaron el lugar y ví fotografías de la iglesia, pensé que era una ubicación asombrosa. En ningún momento se me pasó por la cabeza que esta elección pudiera ofender a tanta gente. En los Países Bajos no hubiera ocurrido eso, ¡seguro!” -asegura Hendriks en su entrevista a EL MUNDO/Ibiza.
Cierto: en cualquier ciudad del occidente cristiano uno puede injuriar abiertamente la fe cristiana y lo peor que puede pasar es que se cabree el Obispo del lugar y consiga cerrar la exposición o que te obliguen a pagar una multa. Y me parece bien que la forma de resolver estos desagradables conflictos sea dirimiendo legalmente entre los derechos de unos y el respeto a los otros. Asunto que a veces no es fácil, pero que es preferible a lo que ocurrió hace unos tres años en un parque de Ámsterdam, cuando un artista holandés que realizó un sencillo filme donde una indescifrable musulmana nos hablaba desde su opresivo burka, fue acuchillado y luego tiroteado, a pleno día, por un musulmán. Y esto no es un hecho aislado. A menos que haga una serie de collages con el profeta mahoma follando una cabra o algo así, e intente colgarlos en una mezquita, me creeré que no le pasa por la cabeza la implicación de una obra tal. Pero lo dudo: Hendriks tampoco se cambiaría por el biznieto de Van Gogh (o lo que fuere).
En leo, escucho, veo |
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