Del abandono y la euforia
La noticia estaba hoy en casi todas las portadas de los diarios nacionales. En el kiosco de una esquina de Córdoba resaltaban las gruesas letras de palabras que no podrían dejarme indiferente aunque quisiera; así que me detuve ante el parapeto de diarios y revistas, que ya habían apartado hacia el trasfondo al vendedor. “Castro abandona el poder” es el titular de El País; que me hace suponer una cierta condescendencia, cuando no halago, a una postura que no parece ser tan voluntaria como la palabra “abandono” supone. A su lado, ABC parece más realista: “La enfermedad derrota a Castro…”. Pero lo que atrapó mi atención fue las fotos que les acompañaban y que, de cierta manera, resumían dos modos de asumir esta noticia por sus implicados más directos: los propios cubanos; dos maneras igualmente trágicas aunque, a primera vista, enfrentadas.
La foto de El País mostraba una escena humilde: “una mujer come ayer en su casa de La Habana, decorada con carteles de Fidel Castro y Ernesto Ché Guevara”, totalmente a tono con el enfoque supuesto. Cualquiera que no haya vivido en Cuba y que quisiese ignorar la experiencia del totalitarismo en los países ex-comunistas de Europa, me temo que una cantidad no desdeñable de los lectores, considerará esta iconografía con cierta simpatía: la anciana negra, el pelo cano, quiere y agradece al líder, es una fidelista de fiar. Lo que no deja de ser una impresión apresurada.
Porque la costumbre, con no poca frecuencia, crea sentimientos de dependencia. Ya se sabe que una batalla demasiado duradera suele crear inconcebibles lazos entre los contendientes. Fidel Castro no sólo es omnipresente (incluso cuando no es visible, como Dios) sino magnánimo e infinitamente bueno. Si uno se come un trozo de pan duro, hay que agradecérselo, si a duras penas uno consigue una bombilla, también; uno no es nada ni puede nada sin el Uno. Se da la paradoja de que el tirano ahoga al individuo que, sin embargo, sólo puede expresarse, existir, por debajo o a través de esa totalidad abrumadora y opresiva. O morir, o desaparecer en silencio, o exilarse (que es también ser despedazado).
Así, no es casualidad que ambos carteles avasallen, visualmente, a la anciana, arropándola y limitando su espacio vital. Y posiblemente se niegue a retirarlos nunca: quedaría un vacío difícil de llenar: durante cuarenta, cincuenta años, estos carteles (o similares) han estado ocupando este sitio, cabalmente. Cualquiera que haya leído “El poder de los sin Poder”, de Václav Havel, sabría por qué, cuando esta anciana tendría unos treinta años, debió colocar precisamente estos carteles ahí. Pero ahora podemos suponer, convengamos, en que su devoción es sincera.
A su lado, en el otro diario, fotografía de un espacio abierto: “La alegría se desbordó en la pequeña Habana de Miami, donde los exiliados celebran lo que creen es la muerte segura de Castro”. Estamos en una autovía, un hombre vestido de blanco, zapatos blancos, sostiene un cartel blanco; todo blanco excepto una pajarilla roja y un sombrero del tío Sam, a juego con el rojo “Murió Fidel” y el azul “Yo quiero el cambio” en su cartel. Esta armonía cromática muestra o un gusto exquisito o una representación cuidadosa del vestuario y la tipografía para una manifestación organizada, concertada, en la que, sin embargo, hay un sello que da un toque muy personal, quizá dibujado por el propio anciano blanco vestido de blanco: un símbolo radiactivo encima del nombre “Fidel”, y, debajo, también en tinta negra: “IS DEAD”. Saluda al conductor de uno de los coches y este responde con la señal de “OK”, el pulgar levantado, que añade al significado latino una efusividad americana: estoy contigo, hermano -parece decir.
Estamos contigo; ahora sí, ahora sí; las cosas van a cambiar -son expresiones que a lo largo de la mañana me han dirigido amigos y conocidos en España, pero no he podido evitar que mi escepticismo pareciese descortés a quienes tan efusivamente desearon verme animado.
Amigos míos, Fidel Castro es el principal artífice de un poder que germinó del miedo y se afianzó en una estructura de control y represión de las más eficientes que ha conocido la historia de la ignominia humana. Y esta estructura, fuertemente impregnada del carisma del caudillo, continúa intacta. No quiero, sin embargo quitar entusiasmo al hombre vestido de blanco.
Parece haber más empatía entre él y el conductor que pasa, raudo, y del que vemos sólo su brazo, que entre la anciana y el hombre que, encaramado a una silla, enrosca la bombilla; aún cuando la pose de ella es más cercana. Está en su casa, comiendo, y eso, para mucha gente en Cuba, para casi todos, significa mostrar la propia y descarnada miseria. La mujer mira como resignada al -quizá- vecino que le hace el favor y cuya pronta retirada se preanuncia en la cuchara detenida, insegura de si ha de compartir el momento íntimo con alguien que hace visible un techo ennegrecido y desconchado.
De cualquier manera, el hombre parece parte de un decorado: está allí circunstancialmente, se integra a los objetos que giran alrededor de la anciana negra -incluyendo al fotógrafo, y, por supuesto, al cartel de Fidel Castro. Todos, excepto la anciana, son irreales, pero ante una irrealidad que se pasea por tu estrecha morada hay que cuidar continuamente las distancias, hay que actuar de una manera precisa. El rostro expresa cierta dureza, hay un pensamiento impenetrable en sus ojos, que parecen cansados. Dentro de unos minutos, se quedará sola; desde hace treinta, cuarenta años, está sola.
El hombre del traje blanco, de los zapatos blancos, este hombre ya viejo, ha estado también solo y abandonado, durante muchos años. Pero ahora el tiempo es su aliado; y esa es, más o menos, la certeza de su esperanza. Por eso ahora es casi imposible que controle su euforia.
Un hecho esencial repetido demasiado tiempo adquiere una especie de irrealidad, conjurada de alguna manera en una continua mise-en-scène. Así, se acaba señalando no al hecho en sí sino su significación esencial. Este hombre no concluye su celebración con la muerte del tirano, por muy justo o reconfortante que eso pueda ser. Anunciada en este y en anteriores carteles y festejos, la representación es ineludible, pero va haciendo visible una trascendencia: este hombre quiere ir más allá: quiere restaurar la libertad de los suyos, quiere recomponer su propia felicidad, quiere el cambio. Y la mujer de la fotografía de al lado mira el cambio de la bombilla como descubriendo un significado.
Me detengo en las dos fotos unos minutos; luego continúo, sin comprar ningún diario. Sé que cuando el coche pase, y una vez en su sitio la bombilla, la anciana bajará su vista y se encontrará con las gruesas gafas del hombre blanco, verá sus ojos glaucos, y él mirará hacia la negra de la sencilla blusa blanca. Y así se quedarán un largo rato.

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