El Cardenal y la huelga de hambre
Elsa América González Padrón es una mujer delgada, más bien bajita, de aspecto nervioso, que muestra en todo su ser los desgarros de cada madre cubana y los particulares sufrimientos que se le añaden a la esposa de un periodista independiente. Su esposo, Víctor Rolando Arroyo, fue uno de los 75 disidentes detenidos en 2003, condenado a 26 años, y que hace más de 21 días mantiene una huelga de hambre en protesta por los abusos a que ha sido sometido durante el tiempo en que ha estado encarcelado. Arroyo es el que más grave se encuentra: está en huelga de hambre desde el pasado 10 de septiembre; Félix Navarro comenzó cinco días después, en solidaridad con su compañero de prisión; también les acompaña José Daniel Ferrer García.
Ella desearía que Víctor Rolando Arroyo deje la huelga de hambre; sabe que podría morir. Arroyo podría morir sin despedirse de su madre –ya que la anciana no ha podido ver a su hijo desde que ingresó en el Combinado de Guantánamo, una cárcel al sudoeste de la isla, a más de mil kilómetros de distancia, en un país donde es complicado viajar. Podría morir solo –sin Elsa, que no ha recibido respuesta a su petición de que le dejaran volver a verlo antes de que pierda el conocimiento. Arroyo podría estar muerto en este mismo instante, visto que ningún familiar podrá entrar al hospital cuando lo estime y que los partes médicos se les darán solamente los lunes y jueves. Elsa desearía no estar pasando por esto, pero quien ha sufrido mucho encuentra en su debilidad la fortaleza necesaria: insiste en que la causa por la que lucha su esposo “es justa, que su lucha es precisamente para que otras personas no sean víctimas como ellos lo han sido de tantos atropellos”. Pide que se ore mucho por ellos y por las familias porque en estos momentos la fe es lo único que los sostiene; y ruega a Dios que toque los corazones de los gobernantes y se haga justicia.
Uno no puede menos que admirar la entereza y la valentía de esta mujer, que sin dudas también son un motivo de resistencia para su esposo. Y tiene que sentir también un poco de desazón ante lo que comentan muchos medios de prensa hoy, generalmente con estos titulares: “Cardenal Jaime Ortega pide que depongan huelga de hambre”.
Ocurrió tras la premiación del concurso anual de la revista Palabra Nueva, de la Arquidiócesis de La Habana: el Cardenal Ortega declaró a la prensa que estos disidentes pacíficos “tienen todo su derecho a hacer una protesta, pero no por ese medio. Comprendo su desesperación, su angustia, y por eso debe hacerse todo lo posible para que abandonen ese medio de protesta”, porque, aclara, “Los cristianos no tenemos el concepto de que un medio de lucha ponga en riesgo la vida, por ejemplo un suicidio o una huelga de hambre”.
¿Es que el Cardenal Ortega equipara el martirio de la huelga de hambre con un suicidio, con todo lo que este tiene de implicaciones morales para la Iglesia? Porque hay atenuantes, sin dudas. No olvidemos que los primeros cristianos, y muchos después de ellos, y muchos hoy por hoy, sacrifican sus vidas por aquello en lo que creen. Y sabemos que algunos de entre ellos utilizaron la huelga de hambre como medio y expresión de su determinación; citemos sólo dos ejemplos: Santo Lanfranco, Obispo de Pavia, quien en el Siglo XII inició una clamorosa huelga de hambre para oponerse a que construyeran nuevas murallas en la ciudad a costa de los ciudadanos; o la del obispo Pavlo Vasylyk, de la eparquía de Kolomyia-Chernivtsi (Ucrania), que el 16 de mayo 1989 inició una huelga de hambre para lograr del entonces Presidente soviético Mijaíl Gorbachov el reconocimiento de la Iglesia greco-católica ucraniana.
Claro que este asunto no es tan sencillo. Su Santidad Juan Pablo II, advertía en la Evangelium Vitae: “Las opciones contra la vida proceden, a veces, de situaciones difíciles o incluso dramáticas de profundo sufrimiento, soledad, falta total de perspectivas económicas, depresión y angustia por el futuro. Estas circunstancias pueden atenuar incluso notablemente la responsabilidad subjetiva y la consiguiente culpabilidad de quienes hacen estas opciones en sí mismas moralmente malas. Sin embargo, hoy el problema va bastante más allá del obligado reconocimiento de estas situaciones personales. Está también en el plano cultural, social y político, donde presenta su aspecto más subversivo e inquietante en la tendencia, cada vez más frecuente, a interpretar estos delitos contra la vida como legítimas expresiones de la libertad individual, que deben reconocerse y ser protegidas como verdaderos y propios derechos.”
Así que, aunque hay que ir con la prudencia necesaria, se reconocen “atenuaciones notables” al incumplimiento de la ley moral que impide atentar contra la vida (ajena o propia). El Cardenal cubano sabe que esta huelga de hambre es uno de esos gestos heroicos en defensa de la vida y la dignidad de la persona humana, que nada tiene que ver con la cultura de la muerte; es una disposición que no está enfocada a un dudoso “derecho a morir”, y es un sacrificio que se ha asumido responsablemente. El martirio por estar a favor de la justicia, de los derechos humanos, de la dignidad del hombre, ese martirio que sin dudas tiene un carácter evangélico, admite escasa comparación con un suicidio. Martirio –le oí decir no hace mucho a un joven sacerdote cubano, recién salido del seminario- es lo que le falta a la Iglesia cubana. Yo, como muchos otros cubanos, no puedo dar lecciones en ese tema, pero de entrada debo considerar este gesto de estos luchadores por la libertad y la democracia en nuestra patria como admirable; y así como no me atrevería a hacer apología de la huelga de hambre, respetaría al menos su decisión y voluntad de asumirla. “Si ellos me pudieran oír les haría un llamado para que dejaran la huelga de hambre, y si las autoridades también tienen acceso a esto les diría que procuren que de cualquier modo, muy humano, que estas personas se alimenten”, afirmó Su Eminencia, quizá aludiendo los casos de esbirros castristas que han alimentado por la fuerza a huelguistas de hambre in extremis,
Comprendo que el Cardenal deba ser más cauto que la Unión Europea, digamos, que ha instado a las autoridades cubanas a “actuar de manera inmediata para mejorar las condiciones de detención de estas personas y de otros presos políticos que están encarcelados en condiciones que no respetan los estándares mínimos de la ONU para el tratamiento de prisioneros”, pero hubiera deseado unas palabras de aliento hacia esos compatriotas más que unas opiniones casi condenatorias –y como tal se las harán llegar sus carceleros.
En opiniones y cubaneo |
|
|
|
|
|